Reyes Disfrazados

Por Gato V

 

En cada época existen libros, películas… que hacen que nos sintamos más identificados con esa obra de lo que nos sentimos con otras publicadas en el mismo momento y lugar. Un buen ejemplo sería el final de los años 90.

Hace ya más de una década en el mundo triunfaban los grandes sueños del siglo XX, parecía que por un instante podríamos llegar a tocar con nuestras manos las profecías de Asimov, Clark, Scott Card o Pohl. La web acababa de entrar en nuestras vidas como un tsunami y por unos años nos sentimos como la primera generación que viviría esos sueños de vida en el ciberespacio. En esos años nacería una de las sagas más famosas de la ciencia ficción de finales del siglo pasado y principios de este, especialmente su primer capítulo. Por supuesto estoy hablando de Matrix. Algo más de una década antes surgió otra obra, que en su momento pasó relativamente desapercibida fuera de los Estados Unidos, pero que en la actualidad se ha vuelto enormemente contemporánea.

En 1988 James Vance y Dan Burr crearon una novela gráfica titulada “Reyes disfrazados”, una historia sobre la gran depresión de los años 30 y que nos llevaba a lo largo del país para ser testigos de la vida de las gentes de a pie.

Estamos enormemente acostumbrados a que nuestra historia esté contada con letras de oro sobre hojas del mejor papel y tapas del cuero más exquisito. Grandes sagas de poderosos reyes y señores de la iglesia, contadas en muchos casos por ellos mismos o bajo la paga y la amenaza a hombres mucho más capaces que ellos, pero condenados al nacer a la sumisión o la muerte.

Guerras gloriosas o desastrosas se reparten por los raíles, ya oxidados, de la línea temporal que nos lleva de un presente cierto a un pasado poco menos que fabulado. Nadie recuerda a los soldados, los ganaderos, herreros o ayudas de cámara, salvo cuando entran en la historia con el oprobio y el deshonor de los traidores o se elevan sobre sus semejantes como las notas discordantes del genio individual.

Sin embargo nuestros logros más profundos no nacieron sobre un trono, sino en sillas de madera junto a chimeneas destartaladas. Los grandes hombres de la historia, los que realmente elevaron a la humanidad hacia la luz y no la lanzaron a la oscuridad fueron en la mayor parte de los casos gentes salidas del pueblo. Inventos tan necesarios en la actualidad como la imprenta, sin la cual sería realmente difícil la ilustración de grandes masas de gente, son obra de gente nacida en la humildad del populacho.

La mayor falacia de la historia es precisamente la que convierte al pueblo en un rebaño sin forma ni rostro que acompaña sumiso a su pastor a donde este dicte. Incluso en el lenguaje, aquellos que un día se arrogaron la autoridad moral hoy se autodenominan pastores, pues somos su rebaño, sumiso y obediente. Nuestro propio relato histórico nos convierte en extras de una película en la que los protagonistas se preocupan más de chupar cámara que de llegar a merecer siquiera minimamente el tiempo que la historia les dedica en detrimento de los que les rodean.

Al leer los libros de historia surgen preguntas que en el instituto no se plantean, bastante tenemos con aprendernos los datos que nos exigen como para aumentar aún más la carga con datos sobre qué fue de los soldados lanzados a la muerte por Napoleón o Carlomagno. 

Sin embargo es de agradecer que alguien baje al barro de las trincheras y se manche con la sangre de los sacrificados por la causa para contar las vidas de aquellos que realmente hacen la historia, aquellos que realmente componen a una humanidad demasiado amplia como para resumirse en una corona o una mitra.

Las grandes historias no son aquellas que hablan de las grandes batallas de caballería, sino las que hablan de los soldados que montan sobre esos caballos, las compuestas por pequeñas piezas del puzzle que la hacen más completa y más fuerte.

Durante siglos hemos leído las historias de los reyes contadas por los reyes y las historias de la iglesia contada por la iglesia. Ahora es hora de escuchar las historias que nosotros realmente queramos escuchar, elegir a nuestros héroes y nobles. No tiene por qué ser entre los hombres y mujeres bendecidos por la sangre y el linaje, podemos elegir entre aquellos que nacieron para hacer grandes cosas desde las cunetas de la historia.

En un periodo como este, en el que las colas del paro son casi tan largas como las colas de los que se dirigen a su obligación laboral, resulta especialmente difícil encontrar grandes historias que no se adornen con el barro y la podredumbre de los más desfavorecidos. En un mundo en el que los pobres son el pueblo y las casas empiezan a estar más construidas bajo los puentes de las autopistas que en los centros de las ciudades resulta muy difícil encontrar una historia de triunfo que tenga visos de veracidad. La autenticidad se encuentra ahora en las hogueras de los vagabundos y los cartones de los sin techo. Cuando el pueblo se ve desprovisto de aquello que es mínimo para sobrevivir mira a las historias de gloria con escepticismo.

Hace ya más de 20 años Vance y Burr lograron darnos esta autenticidad. Al abrir esta novela gráfica se nos lleva a las hogueras y los trenes de mercancías de los vagabundos sin mostrar conmiseración o lastima por quienes allí se reúnen. Durante todas y cada una de las páginas de esta novela gráfica logramos sentirnos en ese lugar y mirar a los ojos a los desposeídos, sin regodearnos en la dureza de la situación o en la desesperación que podría sentir cualquiera de ellos, sino con la honestidad del que solo cuenta lo que ve. No hay lugar al sentimentalismo en estas páginas, más cercanas al documental periodístico que a la novela en sí misma. Ofrece cientos de texturas y matices para una situación que por su crudeza no suele ofrecerlos, salvo que realmente te sientes y observes sin juzgar.

Cada una de las viñetas y cada uno de los textos tienen una fuerza irresistibles, de una increíble poesía. La poesía que surge cuando se mira con unos ojos que saben que tras perderlo todo solo queda la libertad y mejorar. Las vidas de quienes salen en la obra abandonan el estereotipo para mostrarnos la realidad de quienes han sido arrollados por la historia y ahora solo pueden levantarse y continuar.

Es una poesía hecha al caminar por las vías a la espera del siguiente tren que te acerque a un destino que no conoces y que tal vez nunca llegues a pisar. Una poesía hecha con desesperación y con esperanza. Con las luces y sombras que solo surgen alrededor de una hoguera con las estrellas como todo techo y una chaqueta raída por toda manta. Una historia que narra hechos de hace setenta años que de pronto resuenan en nuestros oídos con la fuerza de una vida que puede que nos toque vivir.

Tanto el guion como el dibujo nos hablan al unísono, llevándonos sin aspavientos de una escena a la siguiente, casi como si viajáramos en uno de esos trenes a los que tanto debe la mitología del vagabundo en Estados Unidos. Un dibujo sucio en sus imágenes pero pulcro en su ejecución nos devuelve la misma sensación que sus textos, claros en su expresión mientras nos hablan de las peores consecuencias de nuestros actos colectivos.

Esta es una de las historias que todo buen aficionado al cómic debería llegar a leer, pues tiene lo que diferencia a una gran obra atemporal, te mira a los ojos y te habla claro.

GATO V.

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